La isla de Japón donde viven más gatos que personas y se convirtió en atracción turística

Tashirojima, en Japón, es conocida como la isla de los gatos: más felinos que vecinos y un turismo peculiar que marca su futuro.

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Hay un rincón del Japón que parece sacado de un cuento zen escrito por un humorista melancólico. En la costa del noreste, frente a la prefectura de Miyagi, existe una isla diminuta —más modesta que famosa, más silenciosa que turística— donde los humanos son una especie en vías de extinción… y los gatos, en cambio, caminan como si fueran los alcaldes del lugar.

Se llama Tashirojima, aunque bien podría llamarse Gatistán o República Felina. Lo curioso no es solo que los felinos superen en número a los habitantes humanos, sino que lo hagan con tal naturalidad que nadie parece inmutarse. Y es que lo que empezó como una solución pragmática —introducir gatos para controlar las plagas de ratones en los almacenes pesqueros— acabó transformando la isla en un santuario insólito de convivencia interespecie.

De cañas y redes… a bigotes y zarpas

Durante décadas, Tashirojima vivió del mar. Redes al hombro, manos saladas, barcas que iban y venían con la cadencia de un reloj de marea. Pero como tantas otras aldeas niponas, fue perdiendo a sus jóvenes hacia las ciudades. Quedaron los viejos, los gatos… y el eco. El progreso, tan moderno él, no tuvo tiempo para islas de tres kilómetros cuadrados ni para comunidades donde los silbidos reemplazan a las notificaciones.

Los gatos, por su parte, se quedaron. Y no solo se quedaron: se multiplicaron como si tuvieran un plan maestro. Alimentados con mimo, fotografiados con devoción, tolerados como solo se tolera a quien se ha ganado el derecho de no pedir permiso. Así, mientras las casas se cerraban y las tiendas se apagaban, los muelles se convertían en pasarelas felinas, y las plazas, en salones de siesta colectiva.

Un país que envejece y una isla que maúlla

La isla donde viven más gatos que personas y se convirtió en atracción turística (Tashirojima)

En un Japón obsesionado —con razón— por su invierno demográfico, Tashirojima es una paradoja viviente: cuanto menos humanos hay, más visitantes llegan. La postal es inquietante y entrañable a la vez. Un país que se despuebla mira con ternura una isla que sobrevive gracias a sus gatos. Como si, de alguna manera perversa y poética, los animales hubieran heredado las ruinas de una civilización aún latente.

Y por si fuera poco, hay un santuario sintoísta dedicado a un gato. No es una atracción exótica para turistas, sino el reflejo de una sensibilidad cultural que no distingue entre patas y pies a la hora de venerar lo que da suerte. Dicen que fue erigido tras la muerte accidental de un felino, en un gesto que combina luto, respeto y superstición. Qué decir: algunos levantan monumentos a generales. Otros, a gatos. Y quizá tengan más razón los segundos.

Turismo, sí… pero con modales

El turismo llegó, sí, pero sin estridencias. Lo justo. Tashirojima no se convirtió en parque temático ni en circo para influencers. No hay hoteles lujosos ni cadenas de comida rápida. Lo que hay es una discreta Manga Island, unas cuantas cabañas inspiradas en el cómic japonés y un puñado de normas que podrían parecer excesivas… si no fuera porque los gatos lo merecen todo.

Nada de alimentarlos con snacks importados. Prohibido cargarlos como si fueran peluches. Y, por favor, no interrumpan su siesta sagrada. Esta es su isla. Nosotros solo estamos de paso.

Organizaciones voluntarias se encargan de mantener el equilibrio poblacional: esterilización, salud, supervisión. Como jardineros invisibles que cuidan de un ecosistema tan improbable como delicado. Porque ya se sabe: cuando un lugar se convierte en símbolo, todo exceso puede ser su ruina.

Gatos como metáfora del Japón rural

Pero más allá de los vídeos tiernos y las selfies con bigotes ajenos, Tashirojima es una metáfora afilada. Una isla que ilustra con melancolía los dilemas del Japón rural: el envejecimiento, la despoblación, la búsqueda urgente de nuevas formas de subsistencia. El turismo felino ha sido un alivio, pero no una solución.

La isla sigue menguando en humanos, pero creciendo en significado. Es una lección con patas: cuando el progreso arrasa sin pausa, a veces lo que sobrevive no es lo más fuerte, sino lo más querido. Y en Tashirojima, lo más querido ronronea. Porque hay lugares donde el futuro llega con tren bala. Y otros donde se acerca a paso de gato.

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