En el corazón pedregoso de Cerdeña, donde las cabras aún discuten con el viento y las montañas guardan secretos más viejos que la República Italiana, el pequeño municipio de Ollolai ha vuelto a sacar su artillería más curiosa: casas a un euro. Sí, un euro. Lo que cuesta un café en Roma… si no lo acompañas con brioche y culpa existencial. Una fórmula que ya se ha probado en otros rincones del país, como ocurre con las casas a 1 euro en Sicilia, y que vuelve a poner sobre la mesa la misma pregunta: ¿cuánto vale, en realidad, empezar de nuevo?
Pero no nos engañemos: el euro es simbólico, casi ritual. Como pagar una moneda para cruzar al otro mundo, aquí se paga una para cruzar a otra vida. Porque lo que está en juego no es la propiedad inmobiliaria, sino la posibilidad —o la ilusión— de reanimar un pueblo que se nos muere de soledad.
De la despoblación al relato de renacimiento
Con apenas 1.200 almas, muchas de ellas ya en conversación directa con la eternidad, Ollolai se asienta en la región de la Barbagia, ese reducto montañoso que durante siglos resistió a todo: a los romanos, a los piratas, a los burócratas… pero que hoy se tambalea ante un enemigo silencioso: el éxodo juvenil y el tedio administrativo.
Las casas vacías no son simplemente ruinas: son epitafios de familias que partieron y no volvieron, de niños que crecieron en otro idioma, de plazas que ya no escuchan risas. Por eso, el ayuntamiento ha decidido convertir el abandono en oportunidad. Pero con una advertencia que suena casi como un conjuro: esto no es para turistas con caprichos rurales ni para inversores disfrazados de filántropos. Esto es para quien quiera quedarse.
Comprar es fácil, habitar es otra historia

El procedimiento es claro: el comprador paga un euro, firma un compromiso de restauración en dos o tres años y deposita una garantía que recuperará si cumple. Pero aquí viene la letra pequeña —y el verdadero desafío—: las casas están hechas polvo. No en sentido literario, sino literal. Hay muros que crujen como huesos viejos y techos que rezan por no ver otra tormenta, una realidad que conecta con otros programas donde Italia paga por mudarte a sus pueblos vacíos a cambio de algo más que buenas intenciones.
Las reformas pueden costar decenas de miles de euros. Porque aunque el euro compra la casa, no compra los cimientos, ni los permisos, ni el yeso, ni la esperanza.
¿Quién se atreve a poblar lo despoblado?
El programa está abierto en el sitio web oficial a italianos, sí, pero también a esa legión global de soñadores que, desde Canadá o Buenos Aires, sueñan con una vida sencilla entre pastores y pan carasau. En anteriores ediciones llegaron solicitudes desde los cuatro puntos cardinales y hasta algún que otro planeta ideológico donde el minimalismo rural es religión.
Eso sí, el ayuntamiento ha aprendido a distinguir entre quien busca una postal y quien busca un hogar. Aquí se prioriza el arraigo. Familias dispuestas a echar raíces, trabajadores en remoto que quieran ver ovejas en vez de coworkers, emprendedores que cambien el ruido de la ciudad por el silencio que escucha.
La antítesis del siglo: entre la urgencia urbana y la lentitud barbárica
Vivir en Ollolai no es simplemente cambiar de código postal: es cambiar de ritmo vital. Es pasar de los semáforos al canto del gallo, de las apps de delivery a las recetas de la nonna, del estrés digital a la duda filosófica de si hoy toca caminar al monte o quedarse bajo el olivo.
No hay centros comerciales, pero sí historias que no caben en ningún algoritmo. No hay metro, pero sí caminos que te llevan a ti mismo. Y en esa antítesis brutal entre lo que el mundo te impone y lo que Ollolai te ofrece, muchos han encontrado su cura, o al menos su pausa.
¿Moda pasajera o revolución silenciosa?
El fenómeno no es exclusivo. Desde Sicilia hasta Calabria, decenas de municipios han adoptado la fórmula del euro, en paralelo a otras políticas como los cupos de trabajo legal en Italia, que buscan atraer nueva vida al país. Pero mientras otros venden casas, Ollolai vende narrativa. Y eso, en estos tiempos de inflación emocional, vale más que el ladrillo.
Porque este pequeño pueblo ha sabido contarse como un experimento de resistencia cultural. No es solo un programa de vivienda: es un acto de fe en la vida comunitaria, en el retorno posible, en que aún hay esquinas del mundo donde las cosas no están perdidas del todo.
Ollolai no busca compradores. Busca cómplices. Busca a quien entienda que, a veces, el precio más alto no está en la compraventa, sino en el compromiso. Y que una casa puede costar un euro… pero reconstruir un pueblo, eso sí que no tiene precio.

