Así es como puedes vivir en una hermosa isla de Grecia haciendo un voluntariado en un santuario de gatos

Programas de voluntariado permiten vivir en islas de Grecia cuidando gatos en santuarios locales a cambio de alojamiento.

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En una En algunas islas griegas, los gatos no son mascotas. Son instituciones. Parte del mobiliario urbano. Están en las postales, en los muros encalados, en las tazas de café a medio tomar, y —con frecuencia inquietante— también en las camas de los turistas voluntarios que vienen a servirles. Porque sí, si usted soñaba con una escapada a las Cícladas para «conectar con lo esencial», hay una forma muy concreta de hacerlo: recogiendo excrementos felinos al amanecer, en sandalias y con vistas al mar Egeo.

Lo que podría sonar como castigo de una reencarnación mal negociada, es en realidad un fenómeno creciente: los santuarios de gatos en Grecia, donde extranjeros de todos los acentos llegan a cambio de techo y gratitud ronroneada. No es turismo. No es vacaciones. Es algo a medio camino entre la expiación y el hedonismo ético. Una suerte de Erasmus espiritual con pelos y bigotes.

Una relación milenaria… y desbordada

Así es como puedes vivir en una hermosa isla de Grecia haciendo un voluntariado en un santuario de gatos

Los gatos llegaron a Grecia mucho antes que los influencers. Su papel, en principio, era funcional: mantener a raya a los roedores en puertos y almacenes. Pero como suele ocurrir con las ideas que funcionan, se dejaron crecer sin control. A falta de campañas de esterilización sistemática y con un índice de abandono que haría llorar a Aristóteles, las colonias felinas hoy pululan por plazas, ruinas y restaurantes con más autoridad que los alcaldes.

El Estado, por su parte, observa desde la distancia. Y así, entre negligencias institucionales y veranos infinitos, surgieron asociaciones locales —heroicas y extenuadas— que hacen lo que pueden: alimentar, curar, esterilizar y, de paso, enamorar a extranjeros con una propuesta tentadora: “Ven, cuida a nuestros gatos, y a cambio te regalamos una habitación sin aire acondicionado y la posibilidad de sentirte útil”.

Cómo funciona este idilio peludo

La mecánica es sencilla y nada glamorosa. A cambio de unas horas diarias de tareas —que van desde la limpieza hasta la administración de medicamentos— el voluntario recibe alojamiento. Nada de infinity pools ni desayuno buffet. A veces es una cama en el refugio, otras una casita humilde cerca del pueblo. Siempre hay gatos. Muchos. Por todas partes.

No es esclavitud, pero tampoco descanso. Se espera constancia, compromiso y, sobre todo, amor por los animales. La mayoría de los programas piden una estancia mínima de dos semanas. Porque, como en el teatro griego, aquí también hay que respetar los tiempos de la tragedia.

¿Dónde ocurre esta comedia de enredos?

En islas como Paros, Naxos, Creta o Syros, donde el turismo y los gatos comparten protagonismo. Cada refugio es un mundo: unos escondidos en montañas áridas, otros incrustados en las afueras de pueblos que parecen sacados de un catálogo de viajes. Pero todos tienen en común algo esencial: ofrecen una forma de vivir Grecia sin las multitudes, sin los cruceros, sin las pulseritas del todo incluido. Una Grecia más cruda, más auténtica, más felina.

Lo que no te cuentan en Instagram

Así es como puedes vivir en una hermosa isla de Grecia haciendo un voluntariado en un santuario de gatos

“Vivir gratis en una isla griega” suena idílico, pero como todo eslogan publicitario, tiene letra pequeña. El viaje corre por cuenta propia, lo mismo que la comida y el seguro médico. Algunos refugios incluso piden una pequeña contribución semanal. No se exige título universitario, pero sí algo más raro: responsabilidad y tolerancia al caos.

Y aunque el voluntariado no es un empleo, quienes vienen a menudo trabajan con una intensidad que muchos empleos envidiarían. No hay visado necesario si eres europeo, pero sí una dosis extra de paciencia y, por supuesto, dominio básico del inglés para entender frases cruciales como: “Don’t let Moussaka eat the kitten’s medicine”.

Una forma distinta —y más real— de conocer Grecia

La recompensa no está en el bronceado ni en el feed de Instagram. Está en esa rutina monacal de despertar con el sol, limpiar bandejas, jugar con gatitos, escuchar el canto del mar mezclado con maullidos, y perder la noción del tiempo. En la conversación espontánea con la panadera del pueblo. En aprender a distinguir 40 gatos por sus nombres.

Para muchos, lo inolvidable no es el lugar, sino la transformación. Pasar de turista a cuidador. De consumidor de paisajes a parte —minúscula pero significativa— del ecosistema.

¿Dónde apuntarse a esta aventura?

Las convocatorias aparecen en redes sociales, webs de santuarios y plataformas especializadas. Como en toda relación seria, conviene investigar antes: ¿el refugio está legalmente constituido? ¿Trabaja con veterinarios? ¿Cuántos voluntarios conviven al mismo tiempo? ¿Tienen WiFi o deberás practicar el noble arte del silencio interior?

Grecia siempre ha sido cuna de mitos. Hoy, en sus islas, se teje uno nuevo: el del extranjero que viene por los gatos y se queda por algo más difícil de explicar. Tal vez por una forma de vida que huele a sardinas, a jabón barato y a verdad sin filtros. Una vida donde los gatos mandan… y los humanos, por fin, obedecen.

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