El Bernina Express: cuando el tren no viaja, levita
Hay trenes que te llevan de un punto A a un punto B. Y luego está el Bernina Express, que no te lleva a ningún sitio en particular, porque en realidad te eleva. Es un trayecto, sí, pero también un acto de fe: confiar en que un tren sin cremallera ni túneles pueda escalar montañas alpinas como si desafiara la ley de la gravedad… o simplemente hubiera hecho un pacto con ella.
Este tren, que une la suiza Chur con la italiana Tirano, no atraviesa los Alpes: los acaricia. Durante cuatro horas, se desliza por paisajes que parecen sacados de un sueño nórdico escrito por un poeta lombardo: 196 puentes, 55 túneles y un desnivel de casi 1.800 metros, todo sin tracción especial, como si el ingenio humano hubiera logrado lo que los dioses pedían a cambio de sacrificios: cruzar las alturas sin profanarlas.
Entre dos mundos, sin pedir permiso
El Bernina Express parte de Chur, una ciudad con nombre de tos antigua y reputación de ser la más longeva de Suiza. Desde allí, inicia una lenta ascensión que culmina en el Paso del Bernina, a 2.253 metros sobre el nivel del mar. Pero no se detiene a celebrarlo: sigue su descenso hacia Tirano, donde los Alpes ya comienzan a hablar italiano y los vientos huelen a aceite de oliva.

Lo fascinante no es solo el recorrido físico, sino el tránsito cultural. En unas pocas horas se pasa de los glaciares azules y los lagos de altura a los castañares del sur, de la severidad helvética al hedonismo mediterráneo. Es como si uno pasara del protestantismo geométrico a la sensualidad barroca sin bajarse del asiento.
Ventanas que no son ventanas
Los vagones panorámicos del Bernina Express son, en realidad, una provocación: no tienen ventanas, tienen vitrinas. Curvadas, generosas, como si el tren supiera que su verdadero espectáculo no está dentro, sino afuera. Porque aquí, cada piedra parece colocada por un escenógrafo, y cada viaducto —como el mítico Landwasser— es un acto de prestidigitación estructural.
Ese viaducto, de hecho, es una obra maestra del siglo XX que se curva hacia un túnel excavado en la roca como si jugara al escondite con la montaña. Lo que para otros sería una obra de ingeniería, aquí es una frase cursiva escrita sobre un paisaje que se resiste a ser subrayado.
Patrimonio no solo del pasado
Que la UNESCO haya inscrito esta línea ferroviaria como Patrimonio Mundial no debería sorprender. Lo que sorprende, en realidad, es que esta joya no esté aún en la lista de cosas que uno debe hacer antes de morir (aunque podría entrar también en la de cosas que dan ganas de seguir viviendo).
Construida entre finales del XIX y comienzos del XX —cuando Europa aún tenía sueños colectivos y fe en los raíles—, esta línea no fue solo un milagro técnico, sino también una promesa social: conectar territorios aislados sin aplastar su identidad. Una paradoja sobre ruedas: el progreso que no destruye, sino que acompaña.

Cuatro estaciones, un solo tren
A diferencia de esos trenes que huyen del invierno como si la nieve fuera una amenaza, el Bernina Express se deja envolver por las estaciones como un actor que cambia de vestuario. En verano, los prados alpinos parecen haber sido peinados con esmero. En otoño, el valle se viste de cobre y melancolía. En invierno, todo es blanco y absoluto, como si el tren atravesara el corazón mismo del silencio. Y sí, hay que reservar asiento. Porque aunque este tren no corre, vuela bajo —y los vuelos escénicos están cotizados.

La velocidad de lo esencial
En un mundo que mide el tiempo en minutos y la distancia en megabits por segundo, el Bernina Express ofrece un acto de rebeldía: avanzar sin apurarse. Es un manifiesto contra el vértigo moderno, una oda al viaje que no quiere llegar rápido, sino entender por qué va.
No es solo un tren. Es un aula en movimiento, una sinfonía ferroviaria, una metáfora de lo que podríamos ser si no tuviéramos tanta prisa por no mirar. Y al final, uno no recuerda cuántos puentes cruzó ni qué estación fue la más alta. Lo que queda es la sensación de haber sido pasajero de una idea: que el territorio no se domina, se escucha.

