Fontana di Trevi en Roma comenzará a cobrar 2 euros a los turistas para acceder

Roma impondrá desde febrero un acceso de 2€ para turistas que quieran acercarse a la Fontana di Trevi y gestionar el exceso de visitantes.

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Roma, esa ciudad donde las piedras hablan latín y los gatos patrullan ruinas imperiales como si fueran emperadores reencarnados, ha decidido hacer algo impensable hasta hace poco: cobrar entrada para acercarse a la Fontana di Trevi. Sí, la misma donde Anita Ekberg se bañó vestida de glamour y mitología en La Dolce Vita, y donde millones de turistas —con menos estilo, pero igual entusiasmo— lanzan monedas para asegurarse un regreso a la Ciudad Eterna. Desde el 1 de febrero de 2026, ese gesto costará 2 euros. Poco más que el precio de un espresso doble… o de una ilusión reciclada.

De fuente pública a fuente de ingresos

La medida, avalada por el Ayuntamiento y bendecida por el alcalde Roberto Gualtieri, tiene una lógica simple y contundente: demasiados cuerpos, demasiadas cámaras, demasiado todo. En el primer semestre de 2025, más de 5,3 millones de personas peregrinaron hasta el borde de la fuente, ese umbral donde el barroco se hace espectáculo hidráulico. No había espacio para los deseos —ni para los tobillos.

El concejal de Turismo y Grandes Eventos, probablemente harto de ver a turistas trepando como lagartijas para lograr la selfie perfecta, impulsó este nuevo modelo. La entrada será simbólica, pero la decisión es paradigmática: la ciudad comienza a poner precio a lo que durante siglos fue gratuito, como si Roma aprendiera por fin a decir “basta” con una sonrisa… y una taquilla.

¿Pagar para ver lo que siempre fue gratis?

Turistas en la fontana di Trevi

No del todo. Desde los espacios públicos de la plaza, la Fontana seguirá siendo visible sin coste. Pero para acercarse a su borde, lanzar la moneda con la mano derecha sobre el hombro izquierdo —ritual que aúna superstición y coreografía— o simplemente aspirar de cerca ese rocío de mármol y agua, habrá que pagar.

Para los residentes romanos, en cambio, el acceso seguirá siendo gratuito. Roma, al fin y al cabo, aún distingue entre turistas y tribunos.

Una ciudad sitiada por su propio encanto

Esta decisión no cae del cielo (como las monedas a la fuente). Es el último capítulo de una guerra silenciosa entre el turismo masivo y el patrimonio histórico. La Fontana di Trevi es más que una postal: es un umbral simbólico, un altar urbano donde el viajero comulga con su propia nostalgia. Pero cuando millones hacen cola para un mismo instante, la magia se disuelve en la muchedumbre.

En respuesta, se han habilitado carriles diferenciados —uno para visitantes, otro para locales— y un sistema digital para reservar franjas horarias. Eficiencia romana, sí, pero con nostalgia de foro. El Ayuntamiento calcula que el nuevo sistema generará unos 6,5 millones de euros al año, que se invertirán en la conservación del monumento y otros servicios culturales.

Paradójico, quizás, que para preservar el acceso haya que limitarlo. Pero en un mundo donde hasta el silencio tiene precio, ¿por qué la contemplación habría de ser excepción?

¿Y si otras ciudades siguen el ejemplo?

Roma no está sola. Florencia, Venecia, Ámsterdam o Barcelona ya experimentan con fórmulas similares. El viejo modelo turístico de puertas abiertas y paciencia infinita se resquebraja como el estuco viejo de un palacio barroco. Ya no se trata solo de atraer visitantes, sino de sobrevivir a ellos. Y si para salvar una fuente hay que ponerle torno, que así sea.

Eso sí, no todos están contentos. Asociaciones de consumidores y defensores del acceso libre a la cultura han levantado la ceja —y la voz—. ¿Acaso no son las plazas, las fuentes, los espacios urbanos, patrimonio del alma colectiva? ¿Dónde termina el mantenimiento y comienza el negocio? La línea es tan difusa como el reflejo de una moneda en el agua.

Horarios, accesos y ese momento perfecto

Para los que aún deseen visitar la Fontana sin sentirse ganado turístico, hay estrategias. Las mejores horas siguen siendo al amanecer —entre las 7:00 y las 9:00—, cuando la ciudad bosteza y los relieves barrocos parecen susurrar en voz baja. También después de las 22:30, cuando los grupos organizados se disuelven y Roma recupera su aire de ciudad habitada, no solo fotografiada.

Entre las 11:00 y las 17:00, en cambio, es mejor armarse de paciencia. Ni la tasa ni el control de aforo obraron milagros en esas horas: aún reinan los bastones-selfie y las camisetas con el Coliseo.

Las entradas se comprarán principalmente online, aunque habrá puntos físicos para los que prefieren el contacto humano a las pantallas. Todo suena práctico, civilizado, europeo. Pero uno no puede evitar imaginar al dios Océano, esculpido en el centro de la fuente, mirando con sorna mientras alguien le escanea un código QR en la frente.

Un nuevo tiempo para una vieja ciudad

Que Roma cobre por acercarse a la Fontana di Trevi no es solo una medida de gestión turística. Es un síntoma de época, una forma de decirnos que incluso los lugares mágicos necesitan respiración asistida. Entre lo eterno y lo efímero, entre el arte sublime y la logística urbana, Roma —como siempre— camina sobre la cuerda floja de la historia.

Y sin embargo, quién puede culparla. Si hay una ciudad que sabe cómo resistir el paso del tiempo, es esta. Y si hay una fuente que puede cobrar por un deseo… es esa.

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