Indonesia prohibió los paseos en elefante en zoológicos y centros de conservación

El Gobierno indonesio veta los paseos en elefante en zoológicos y centros de conservación, reforzando el bienestar animal y el turismo responsable.

5 min de lectura

Durante décadas, subirse a un elefante en algún rincón exótico del sudeste asiático fue casi un ritual turístico: una fotografía fácil, un relato pintoresco, una postal de falsa armonía entre el ser humano y la naturaleza. Pero lo que para el viajero era una experiencia inolvidable, para el elefante era una carga —literal y simbólica— que no pedía ni merecía.

Ahora, Indonesia ha dicho basta. El Gobierno ha prohibido oficialmente los paseos en elefante en zoológicos y centros de conservación. Y aunque a más de un operador turístico se le haya atragantado el desayuno con la noticia, lo cierto es que la medida era tan esperada como necesaria. Porque entre la tradición y la crueldad hay una delgada línea, y ya era hora de que alguien la reconociera.

Turismo disfrazado de conservación

El decreto no hace distingos ni ofrece coartadas: afecta tanto a instalaciones públicas como privadas, y pone fin a esas actividades que, bajo el elegante disfraz de “educación ambiental” o “conservación”, ofrecían espectáculos y paseos con elefantes como si el cautiverio pudiera maquillarse con retórica verde.

A partir de ahora, cualquier interacción que obligue al animal a comportamientos antinaturales queda prohibida. Ni montas, ni shows, ni transportes con orejas grandes y ojos tristes. Solo observación responsable, divulgación científica y programas de conservación real. O lo que es lo mismo: respeto en lugar de entretenimiento.

Elefantes rotos: la ciencia ya lo había dicho

Indonesia prohibió los paseos en elefante en zoológicos y centros de conservación

Lo irónico es que no hacía falta ser veterinario para intuir el daño. Pero, por si las intuiciones no bastaban, hay años de evidencia científica acumulada que describe con precisión quirúrgica el sufrimiento de estos gigantes.

Lesiones en la columna vertebral, estrés crónico, traumas conductuales… todo como resultado de una práctica que, para que funcione, requiere métodos de adiestramiento tan sutiles como una vara de hierro. Lo que parece un paseo, es en realidad el epílogo de una historia de dominación.

Organizaciones como World Animal Protection lo han repetido hasta la saciedad: montar elefantes no solo es incompatible con su comportamiento natural, es una forma de violencia suavizada por la postal turística. Y cuando la violencia se normaliza, el espectáculo se vuelve perverso.

Sumatra: la isla, el símbolo, la urgencia

Indonesia no es solo Bali y arrozales fotogénicos. También es hogar de una subespecie de elefante asiático que sobrevive, como puede, en Sumatra. Y decimos “sobrevive” con plena conciencia: está catalogado en peligro crítico. ¿Sus amenazas? Las habituales: deforestación, fragmentación del hábitat y, hasta hoy, turismo desinformado.

En ese contexto, continuar promoviendo paseos era casi una sátira cruel. Como construir una biblioteca para quemar libros.

Lo que cambia y lo que queda

La nueva regulación traza una línea clara. Se acabaron los paseos. Se acabaron los espectáculos. Queda permitido, en cambio, lo que no implique contacto invasivo: programas educativos reales, investigaciones científicas y visitas donde el único peso que cargue el elefante sea el de su propia memoria.

Los centros que quieran seguir funcionando deberán reinventarse. De negocio turístico a refugio ético. De circo a santuario. Y si no pueden, quizás nunca debieron existir.

Turismo con conciencia, no con nostalgia

La decisión coloca a Indonesia en sintonía con una tendencia global que —aunque lentamente— empieza a revisar su conciencia turística. Porque el turista contemporáneo ya no quiere solo experiencias, sino también coherencia. Quiere ver la selva, sí, pero no a costa de sus habitantes. Quiere contacto con lo salvaje, pero sin domesticarlo. El mensaje es claro: si alguien le ofrece un paseo en elefante en Indonesia, no solo está fuera de lugar. Está fuera de la ley.

El reto que viene: vigilancia y verdad

Como todo cambio, esta prohibición tendrá sentido si se aplica con firmeza. La ley, por sí sola, no protegerá a los elefantes. Lo harán los inspectores que la hagan cumplir, los centros que asuman el giro ético y los turistas que elijan con los ojos abiertos.

Las organizaciones de protección animal celebran la medida, pero con cautela. Porque la historia está llena de leyes nobles y trampas prácticas. La clave ahora no es anunciar, sino transformar. Y así, en el país donde los volcanes duermen y los dragones de Komodo despiertan fascinaciones, los elefantes empiezan, por fin, a caminar sin cargas. No es poco.

No hay comentarios