Italia publica un decreto para atraer nómadas digitales que quieran vivir en el país

Italia publica un decreto que regula el visado para trabajadores remotos extracomunitarios que quieran residir en el país.

6 min de lectura

Italia, ese país donde el arte renacentista convive con el caos administrativo como dos viejos amigos que se toleran a regañadientes, ha decidido modernizarse un poco. Y no lo ha hecho a regañadientes, sino con decreto. Sí, Italia ha dado el salto y ya ofrece visado oficial para nómadas digitales: profesionales que trabajan a distancia, pero que quieren vivir a la italiana, sin tener que esquivar el limbo legal.

Después de años de promesas vagas y titulares entusiastas, el gobierno por fin ha definido en serio los requisitos para acceder a este nuevo tipo de permiso de residencia. Lo ha hecho en un gesto que suena a seducción geopolítica: atraer cerebros globales mientras se evita, cuidadosamente, cualquier roce con el siempre inflamable tema del empleo local.

No es para cualquiera: el visado como membresía VIP

Este no es un visado cualquiera, no señor. No es para el mochilero que cambia código por café en hostales de wifi dudoso. Es para profesionales “altamente cualificados”, esa categoría flexible que puede ir desde un ingeniero de inteligencia artificial hasta un diseñador gráfico con buen portafolio (y mejor contador).

El solicitante debe probar que trabaja por cuenta ajena o como autónomo, pero siempre desde fuera. Que sus ingresos no vienen de una trattoria en Bolonia ni de un estudio de arquitectura en Nápoles, sino de algún rincón del mundo donde las facturas llegan en otra moneda. En resumen: eres bienvenido, siempre y cuando no le quites el pan —o la focaccia— a un trabajador italiano.

Dinero, seguros y un techo (porque dolce vita, sí; indigencia, no)

Italia publica un decreto para atraer nómadas digitales que quieran vivir en el país

Como en todo paraíso, hay condiciones. No basta con amar los atardeceres en la Toscana o las ruinas romanas: hay que demostrar solvencia económica. Ingresos estables, superiores a un umbral que el Estado ajusta como quien calibra un termostato fiscal.

También se exige un seguro médico privado —nada de confiarse al caótico sistema de salud público— y una prueba de alojamiento. Ya sea un contrato de alquiler, una reserva larga o esa casa heredada del tío abuelo que emigró a Caracas y volvió millonario (si tienes esa suerte, claro).

El permiso inicial durará, en principio, hasta un año. Renovable, sí, pero siempre bajo la lupa de las autoridades, que no quieren ver en sus plazas a un ejército de “influencers” sin ingresos pero con dron.

Un país que se vende al mundo, pero a su manera

Detrás de esta medida hay algo más que burocracia. Hay estrategia. Italia —con su belleza eterna y su envejecimiento acelerado— busca atraer a un nuevo tipo de residente: joven, solvente, y poco exigente con los servicios públicos. Un inquilino ideal, que gasta sin pedir demasiado a cambio.

Pueblos vacíos del sur, ciudades intermedias sin turistas y aldeas donde el tiempo parece haberse detenido, podrían renacer gracias a esta migración selectiva. Eso sí, renacer en versión boutique: menos trattorias populares y más espacios de coworking con espresso de diseño.

No es una idea nueva. De hecho, llega tarde. Portugal, España, Croacia y Grecia ya tienen sus propios visados para trabajadores remotos. Y han entendido que el profesional global no busca solo conexión a internet: quiere vivir bien, pagar impuestos razonables y subir historias en Instagram con fondo de mar azul y fachada barroca.

Modernizar sin despeinarse demasiado

Este decreto para trabajadores remotos no es solo una invitación al turismo productivo en Italia. Es un reflejo de los tiempos: el trabajo remoto ha dejado de ser una anomalía para convertirse en estructura. La pandemia cambió la lógica del empleo más rápido de lo que el derecho migratorio puede digerir. Y este visado es, en el fondo, un intento de que la ley se ponga al día sin perder el acento en latín.

Desde ya, se puede tramitar. Pero no esperes un proceso exprés: toca lidiar con consulados, papeles, citas y ese encanto inconfundible del sistema italiano, donde todo es posible pero nada es inmediato. Como el risotto: hay que remover con paciencia.

La pregunta final: ¿vale la pena?

Italia ofrece clima, arte, vino y caos. El paquete completo. A cambio, pide lo justo: no ser una carga y cumplir con el papeleo. Si cumples el perfil, y tienes el temple de lidiar con cierta elasticidad institucional, quizá este sea tu visado ideal.

Porque hay algo profundamente simbólico en trabajar para el mundo mientras escuchas campanas en un pueblo medieval. Como si el futuro y el pasado, por fin, se dieran la mano. Aunque solo sea por un año.

No hay comentarios