El parque nacional de México donde la NASA entrena astronautas porque parece otro planeta

White Sands, en Nuevo México, es tan parecido a otro planeta que la NASA lo usa para entrenar astronautas.

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En el corazón reseco del sur de Nuevo México, donde el sol parece tener residencia permanente y el horizonte no se atreve a moverse, hay un lugar que se obstina en parecer de otro planeta. A pocos kilómetros de Alamogordo —una ciudad cuyo nombre suena a frontera y polvo— se despliega un océano que no es de agua, sino de yeso. Un mar de dunas blancas, inmóviles y silenciosas, que cubre más de 700 kilómetros cuadrados como si alguien hubiera volcado un saco de sal sobre el desierto de Tularosa.

Este lugar, más surrealista que un cuadro de Dalí y más silencioso que una biblioteca lunar, se llama White Sands National Park. Y aunque podría pasar por un decorado de ciencia ficción, no es una ilusión óptica ni un escenario de Hollywood (aunque también ha sido eso). Es uno de los parques naturales más insólitos —y paradójicamente menos conocidos— de Estados Unidos. Un pedazo de Tierra que, con algo de viento y un poco de imaginación, se disfraza de otro mundo.

Un desierto que no es de arena

El parque nacional donde la NASA entrena astronautas porque parece otro planeta (White Sands)

La mayoría de los desiertos saben a sílice, a ese polvillo terroso que resbala entre los dedos como el tiempo en los relojes de arena. Pero White Sands, fiel a su espíritu contracultural, está hecho de otra cosa: cristales de yeso finamente triturados. Como si un alfarero cósmico hubiera molido su taller y lo hubiese esparcido aquí por capricho.

Ese yeso le da al paisaje un blanco hipnótico, casi ofensivo a la luz del día, cuando parece que todo estuviera encendido. Pero al caer la noche, el suelo se enfría y adopta tonalidades azuladas, como si el parque recordara que fue parte del lecho de un antiguo mar prehistórico. Porque sí, aquí donde hoy se arrastran reptiles pálidos y sopla un viento que olvida su rumbo, hace millones de años hubo agua, peces y corales.

La escasez de vegetación, el color monocorde y la vastedad sin referencia convierten este lugar en un simulacro perfecto de otro planeta. Y la NASA, que no deja pasar oportunidades, lo supo desde hace tiempo.

Donde la NASA juega a ser marciana

A mediados del siglo XX, cuando la carrera espacial tenía más de geopolítica que de astronomía, los científicos estadounidenses comenzaron a entrenarse en White Sands. Si uno iba a caminar en la Luna, lo lógico era practicar primero aquí, donde el suelo se hunde, la orientación se pierde y el silencio es tan profundo que uno puede escuchar sus propias dudas.

Durante el programa Apolo, astronautas, ingenieros y técnicos con cascos que pesaban tanto como sus esperanzas ensayaron desplazamientos, sistemas de comunicación y protocolos de emergencia sobre estas dunas. Y aunque no lo parezca, caminar sobre yeso blando tiene más en común con la superficie marciana que con una playa caribeña.

En años recientes, White Sands ha retomado su papel como doble de otros planetas. Las condiciones extremas del terreno —que parecen sencillas pero son traicioneras— permiten ensayar todo aquello que no puede improvisarse a 225 millones de kilómetros de distancia: cómo moverse, cómo orientarse, cómo sobrevivir.

Por si fuera poco, el parque linda con el White Sands Missile Range, una zona militar cerrada donde se han probado desde cohetes hasta secretos. Allí cayó la primera bomba atómica del mundo, en el sitio conocido como Trinity Site, recordándonos que este paisaje blanco también ha visto destellos oscuros.

Un parque joven con una historia antigua

El parque nacional donde la NASA entrena astronautas porque parece otro planeta (White Sands)

Aunque fue declarado monumento nacional en 1933, White Sands no obtuvo el rango de parque nacional hasta 2019. Como si su rareza hubiera necesitado tiempo para ser reconocida. Este nuevo estatus llegó justo a tiempo para proteger un ecosistema tan frágil como bello, y para abrirle las puertas al turismo consciente.

Pero bajo esa blancura de postal se esconde un secreto más antiguo que cualquier cohete: huellas humanas fosilizadas de más de 20.000 años de antigüedad, entre las más antiguas de todo el continente americano. Pies que cruzaron un lodazal prehistórico mientras mamuts y perezosos gigantes se paseaban sin saber que algún día serían fósiles.

Estas huellas —visibles solo bajo ciertas condiciones— nos recuerdan que, aunque White Sands parezca un decorado del futuro, también es un relicario del pasado. Un palimpsesto geológico donde los tiempos se superponen como capas de una cebolla cósmica.

Visitar un paisaje que no parece real

Hoy, White Sands se puede visitar todo el año, aunque el verano exige sombrero, agua y cierto estoicismo. El parque ofrece caminos señalizados, zonas para explorar libremente y, sobre todo, atardeceres que rozan lo sobrenatural. Cuando el sol cae, el yeso muta de blanco a rosa, de azul a gris, y uno siente que ha entrado en una película sin director.

Hay también recorridos guiados por rangers que explican la fauna local —lagartijas que se han vuelto casi invisibles, roedores que viven en frescas madrigueras bajo el yeso—, la geología del lugar y su papel en la ciencia.

Pero quizá lo más fascinante de White Sands no es lo que ofrece al visitante, sino lo que sugiere: que los paisajes más útiles para imaginar otros mundos no están en las estrellas, sino aquí, bajo nuestros pies, disfrazados de desiertos imposibles.

Ciencia, historia y una pizca de polvo lunar

White Sands es, en el fondo, un sitio donde la ciencia se cruza con el viaje, donde la historia antigua y la tecnología futura se saludan como viejos conocidos. Un desierto que no es desierto, un lugar terrestre que ayuda a soñar con lo extraterrestre. Y aunque la NASA lo haya elegido por su parecido con Marte, lo verdaderamente marciano —lo extraño, lo sublime, lo desconcertante— es que un lugar tan alucinante haya pasado tanto tiempo escondido a plena vista.

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