Hay quienes creen que llevar un apellido como Rossi, Bianchi o Esposito es prácticamente un pasaporte con patas. Como si la sangre italiana fluyera por las venas con un ritmo tan melodioso que el consulado solo tuviera que escucharla para emitir el pasaporte europeo al instante. Pero no. Si algo enseña la historia —y también la burocracia italiana— es que nada que parezca fácil lo es de verdad.
El ius sanguinis, ese principio legal que suena a hechizo romano y significa que la ciudadanía se transmite por sangre y no por suelo, ha hecho que millones de personas en España y América Latina miren con renovada devoción su árbol genealógico. Descendientes de italianos que alguna vez cambiaron pasta por empanadas, o vino toscano por mate, ahora sueñan con hacer el viaje de regreso… aunque sea solo con los papeles.
Un apellido no es una prueba, pero a veces es una pista
Lo primero que hay que decir, con claridad meridiana y sin azúcar: ningún apellido, por muy musical que suene, otorga ciudadanía. Ferrari no te convierte en ciudadano ni en piloto. Y Colombo no te da pasaporte ni barco. Italia no reparte nacionalidades al estilo de una tómbola genealógica. Lo que sí concede, eso sí, es una pista útil. Porque ciertos apellidos están asociados a regiones específicas, como migas de pan dejadas en el camino por antepasados que, paradójicamente, huían del hambre.
Pero cuidado: cuanto más común sea el apellido, más complejo el mapa. Buscar a un Russo en Nápoles puede ser tan frustrante como buscar a un «González» en el centro de Madrid sin saber el segundo apellido ni el nombre de pila. Una odisea con más burocracia que la mismísima Odisea.
La paradoja de la sangre sin fecha de caducidad… con excepciones

Italia reconoce la ciudadanía a los descendientes de italianos sin límite generacional. Suena generoso, ¿verdad? Una nación dispuesta a reconocerte como suyo aunque hayan pasado cinco, seis o siete generaciones. Pero, como en todo acto de aparente nobleza, hay letra pequeña.
Si tu tatarabuelo italiano se naturalizó argentino antes de que naciera su hijo, se acabó el juego: la línea se corta como espagueti mal cocido. Y hay más: hasta 1948, las mujeres italianas eran ciudadanas de segunda en esto de la transmisión. Podían parir un futuro italiano, sí, pero no transmitírselo legalmente. Solo a partir de ese año, la ley dejó de ignorar su útero como canal de legitimidad.
Así que si tu linaje pasa por una bisabuela antes del ‘48, tu destino no está en el consulado, sino en los tribunales italianos. Ironías del patriarcado: tu sangre puede ser italiana, pero necesitarás un juez que la reconozca.
Lo que de verdad importa: el lugar, no el nombre
En este viaje hacia la ciudadanía, el apellido es solo el cartel. Lo que importa es el kilómetro exacto. Porque para iniciar el trámite, hay que encontrar el acta de nacimiento del ancestro emigrante. Y para eso, necesitas saber de qué pueblo, aldea o parroquia salió. A veces es un lugar con nombre de vino, otras con nombre de santo. Pero sin ese dato, no hay expediente que prospere.
Y hay que estar atentos a las metamorfosis del idioma: Di Giovanni pudo transformarse en De Giovanni, y Giuseppe en José, víctima de un funcionario de registro poco políglota o muy creativo. Como en las viejas películas, los nombres cambiaban al cruzar el océano, pero la sangre —esa testaruda— seguía diciendo lo mismo.
Documentación: el verdadero deporte de resistencia
Olvídate de las novelas policíacas. Lo verdaderamente complejo es armar una cadena documental completa: actas de nacimiento, matrimonio y defunción desde el bisnonno hasta ti. Todo legalizado, traducido y, por supuesto, con sello y firma. Porque si algo une a todos los consulados italianos del mundo no es el café espresso, sino el gusto por la documentación exhaustiva.
Y si el consulado de tu país está más colapsado que una trattoria en pleno agosto, siempre puedes ir a Italia y presentar la solicitud allí. Eso sí: prepárate para enfrentarte al sistema municipal italiano, un ente tan encantador como impredecible, como un nonno con mala audición y mucha memoria.
La lista de los apellidos que más solicitan la ciudadanía italiana
En resumen, si tu apellido suena a receta italiana, villano de ópera o jugador de la Serie A, tal vez tengas entre manos una pista genealógica que merece investigarse. Ojo: no es garantía de nada —ni siquiera de un buen risotto—, pero sí puede ser el primer hilo de un ovillo que te lleve hasta la anhelada ciudadanía.
Entre los apellidos más frecuentes en solicitudes aparecen Rossi, Bianchi, Ferrari, Colombo, Ricci, Marino, Greco, Conti, Lombardi, Moretti, Esposito, Russo, De Luca, Romano, Gallo, Costa, Rinaldi y Fontana.
Una identidad útil… y deseada
Detrás del entusiasmo por encontrar un Moretti en el árbol genealógico, no solo hay nostalgia. También hay geopolítica. El pasaporte italiano no es un souvenir emocional, sino un comodín práctico: abre puertas a vivir, estudiar y trabajar en cualquier rincón de la Unión Europea, además de entrar sin visado a decenas de países.
Pero el deseo no basta. Y aunque tu apellido parezca sacado de una lista de personajes de La Dolce Vita, solo una línea genealógica ininterrumpida —y comprobada— te hará ciudadano. Porque, al final, Italia es generosa… pero no tanto.

