Por 50 céntimos, el Uber Eats chino te entrega tu pedido en la Gran Muralla mediante drones

China prueba el reparto con drones en la Gran Muralla: comida y bebida llegan por menos de un euro sin alterar el entorno.

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La noticia parece sacada de una novela de ciencia ficción escrita por un poeta distraído: turistas jadeando sobre las piedras milenarias de la Gran Muralla China mientras un pequeño dron desciende con la gracilidad de un colibrí robótico, portando una botella de agua y un sándwich envuelto en plástico. No es una metáfora. Es un hecho.

Y también es una señal. Una señal de que el turismo del siglo XXI no viaja ligero: exige conexión 5G, aire acondicionado y, ahora, reparto de comida voladora. La empresa Meituan, ese Uber Eats con acento mandarín, ha decidido que escalar las murallas del imperio ya no debe implicar esfuerzo, ni sed, ni siquiera el modesto acto de cargar una mochila.

Por unos insignificantes 4 yuanes —menos que el precio de una nostalgia— cualquier visitante puede ordenar desde su móvil un refrigerio que surcará el cielo hasta una de las estaciones de entrega habilitadas en Badaling, el tramo más transitado de la Muralla. ¿El objetivo? Brindar comodidad sin añadir tráfico rodado, sin levantar nuevos kioscos, sin plantar ni una triste caseta de bebidas en medio del patrimonio. Suena razonable. Incluso virtuoso. Pero también resulta inquietantemente simbólico.

De los ejércitos de emperadores a las flotas de drones

Por 50 céntimos, el UberEats chino te entrega tu pedido en la Gran Muralla mediante drones

Construida para detener invasores, la Gran Muralla ahora recibe a sus nuevos conquistadores: turistas sedientos y enjambres de drones obedientes. Donde antes se necesitaban soldados, ahora basta con una app y cobertura de datos.

La ironía no podría ser más cruel. Lo que fue frontera de defensa es hoy pasarela de consumo instantáneo. Y la logística, esa vieja ciencia de los imperios, ha sido reemplazada por algoritmos y hélices de plástico. Ni caballos, ni camellos. Solo rutas prediseñadas, sensores de seguridad y protocolos de suspensión automática en caso de mal tiempo. Porque sí: la muralla puede resistir siglos de guerras, pero no una lluvia ligera que arruine la entrega de un bubble tea.

Preservar sin tocar: la nueva religión del turismo

Lo paradójico del asunto es que, en su lógica, el proyecto tiene sentido. Un sentido profundo, incluso ecológico. Evitar el deterioro de sitios patrimoniales sin renunciar al confort masivo es un problema real, y Meituan parece haber dado con una solución que vuela —literalmente— por encima de los obstáculos. Reparto sin ruedas, sin humo, sin contacto. Casi como una presencia divina que no deja huella. Pero la pregunta es otra: ¿a qué precio simbólico estamos accediendo a esa eficiencia?

La Muralla fue construida para separar mundos. Hoy, el dron los conecta. Conecta el pasado de piedra con el presente digital. El sacrificio físico del ascenso con la inmediatez del botón. El silencio contemplativo con la notificación de “tu pedido está en camino”.

China como oráculo tecnológico

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China no está experimentando. Está ensayando el futuro. La Muralla, uno de los íconos culturales más poderosos del planeta, se ha convertido en el escenario perfecto para una nueva narrativa: la de una tecnología que no interrumpe, que se camufla, que promete soluciones sin fricción. Si logra funcionar allí —en una trinchera de la historia—, podrá hacerlo en cualquier otra parte: islas remotas, parques naturales, pueblos atrapados entre la belleza y la saturación.

Europa, por ahora, observa desde sus miradores normativos. Entre leyes sobre espacio aéreo, protección visual y fobias al zumbido autónomo, difícilmente veremos drones sobrevolando la Alhambra o los acantilados de Moher. Pero la pregunta ya sobrevuela: ¿cómo compatibilizar turismo y conservación sin renunciar a lo uno ni destruir lo otro?

El delivery como metáfora del mundo que viene

En el fondo, el dron sobre la Gran Muralla no es solo un experimento logístico. Es un símbolo. Un resumen preciso y vertiginoso del momento que habitamos: queremos ver el mundo, pero sin caminar demasiado. Queremos tocar la historia, pero con guantes de comodidad. Queremos que todo llegue rápido, incluso en lo alto de una montaña de piedra construida para resistir el tiempo.

Y así vamos, mirando paisajes mientras escuchamos el zumbido de una entrega inminente. Quién diría que el monumento más sólido de la humanidad terminaría siendo plataforma de aterrizaje para el turismo más liviano.

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