Viajar generaría más felicidad que tener hijos, según estudio reciente

Un estudio reciente sugiere que viajar genera mayores niveles de bienestar subjetivo que la paternidad. Qué dice la investigación y cómo interpretarla.

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Una hamaca en Tulum, un tren en los Balcanes o una moto alquilada en algún rincón de Vietnam: ¿pueden esas experiencias fugaces generar más felicidad que traer una nueva vida al mundo? La pregunta parece exagerada, casi insolente. Pero un estudio reciente sobre bienestar subjetivo, con toda la frialdad de los datos y la calidez de las confesiones anónimas, se atreve a sugerirlo: viajar podría hacernos más felices que tener hijos.

No es que los investigadores estén promoviendo un éxodo hacia el hedonismo nómada ni organizando un motín contra la cuna. Más bien, han encendido un reflector sobre un cambio silencioso que ya viene ocurriendo en muchas sociedades: la felicidad, ese escurridizo objetivo vital, está abandonando los moldes clásicos y buscando formas nuevas, más móviles, más individuales… más imprevisibles.

La felicidad, medida en escalas y recuerdos

El estudio en cuestión analiza miles de encuestas aplicadas a adultos en distintos países, preguntándoles cosas que rara vez nos atrevemos a decir en voz alta: ¿qué te hace feliz? ¿Qué actividades reducen tu estrés? ¿Cuándo sentís que el tiempo realmente es tuyo?

Y los resultados son claros: el viaje aparece como uno de los eventos más consistentemente asociados con emociones positivas y satisfacción vital. No solo durante la travesía, sino antes —en la planificación— y después —en el recuerdo. Una felicidad con efecto de onda expansiva.

En cambio, la experiencia de tener hijos muestra una cara más ambigua. Momentos de intensa alegría, sí, pero también de agotamiento crónico, estrés doméstico y pérdida de autonomía. No es que la crianza no haga felices a las personas… es que esa felicidad no siempre se siente como tal en el día a día.

Viajar: un acto emocional (y casi espiritual)

Viajar generaría más felicidad que tener hijos, según estudio reciente

El hallazgo interesante no es que viajar guste —eso lo sabíamos desde que Ulises le mintió a Penélope para alargar su regreso—, sino que su impacto psicológico rivalice con uno de los supuestos pilares de la realización humana. Viajar, dicen los autores, no es solo ocio. Es un dispositivo emocional. Una forma de interrumpir la rutina, de reafirmar el control sobre el tiempo, de estimular la mente y —por qué no— de escapar.

Porque a veces, la felicidad no está donde debería, sino donde uno decide buscarla. A 10.000 kilómetros del deber. En un hostal compartido. En un vagón sin señal de Wi-Fi.

No se trata de elegir entre hijos o Himalayas

Es fácil caer en la trampa de la comparación binaria. ¿Viajar o tener hijos? ¿Libertad o legado? ¿El ahora o el para siempre? Pero el estudio no busca provocar una guerra civil generacional, sino matizar la narrativa oficial: no hay un único camino hacia la felicidad. Y si lo hay, está mal señalizado.

Los datos muestran que la experiencia de la crianza se vive de forma muy distinta según el contexto social. En países con escaso apoyo institucional, donde criar es una carrera de obstáculos sin red, la maternidad o paternidad se percibe como una tarea agotadora y solitaria. Viajar, en cambio, es voluntario, planificado, temporal. No interrumpe el sueño ni exige biberones a las tres de la mañana.

Una generación que quiere vivir antes de reproducirse

Los resultados también reflejan una tendencia generacional: los adultos jóvenes —muchos sin hijos, muchos sin intención de tenerlos— colocan al viaje en el centro de su proyecto vital. No es solo placer, es propósito. Viajan para descubrir, para evadir, para construir una identidad que no cabe en un único lugar.

Y mientras tanto, el nomadismo digital, el turismo experiencial y la cultura de los “sabáticos” ganan terreno frente al modelo del nido fijo. Una antítesis poderosa: los mapas reemplazando a los árboles genealógicos.

¿Superficial o legítimo? Una pregunta con trampa

Los escépticos podrían considerar que todo esto es un síntoma de superficialidad contemporánea: confundir un vuelo barato con una epifanía. Pero los expertos en psicología y sociología invitan a una lectura más generosa. La felicidad es volátil, contextual, personal. Y si alguien la encuentra viendo auroras boreales en lugar de cambiar pañales, ¿quién puede juzgarlo?

Además, para la industria turística, este estudio es más que un dato curioso: es una validación emocional. Viajar no es un lujo frívolo, es una inversión en salud mental. En una época donde el burnout es pandemia silenciosa, subirse a un tren puede ser más terapéutico que muchas horas de terapia.

Quizás no todos estén listos para aceptar que un trekking en Nepal puede competir con la paternidad en términos de sentido vital. Pero la vida moderna nos empuja a repensar nuestros mitos. Tal vez no haya una única cima de la felicidad. Tal vez, como en los mejores viajes, el camino importa más que el destino.

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